Hay pillerías. Busca tu camiseta y póntela de los primeros. Entra a la cancha y calienta lo más lejos posible del arco. Mientras tanto piensa en una excusa. El objetivo es no amarrarse a los tres palos. Por lo menos, no de los primeros.
A Valle Azapa casi siempre le ha faltado un arquero. Es su maldición. Mientras que otros barrios han tenido hasta dos suplentes, ésta no es una característica del barrio.
- ¿Y? ¿Quién se queda? Ya poh, no se hagan los locos.
- Yo tengo mala la mano hace varios días. Nica me arriesgo. Pa´ la otra.
- Yo tengo malas las zapatillas, no me puedo quedar.
Un criterio que nos ha ayudado un poco. A los dos goles. Por número, de menor a mayor. Hay que tocarla. Si no la tocai te quedai otra vez.
Y ahí va el Lucho. Resigado. Nadie quiere ser el primero, porque el primer gol es el que más cuesta en llegar. Los demás están más tranquilos.
El Lucho entiende poco de táctica, pero ordena la defensa y ataja mejor que el resto del equipo. Grita. Saca. Y es un tronco. Jugador que se le atraviesa se lleva un recuerdo de él para la casa.
- Ya, párate. Si fue pelota -le grita al jugador que está en el piso-.
Y claro, fue pelota... y pierna. Pero el Lucho entrega la cuota justa en el partido, por lo menos en este no se enojó y dejó tirado el arco.
Ganamos. Por supuesto, los goles se hicieron en el otro arco, pero el Lucho es el responsable de amargar los tiros cruzado, cabezazos y lujos en nuestra área. La maldición del arquero fue para él, esta noche, redimida.
Le llueven los elogios. "Buena Lucho, atajeste todo", "estuviste finito", "encontramos el arquero, por fin"
- Y eso que tenía las zapatillas malas -aclara al final-.
Fue más fácil regalarle un elogio que pensar en una excusa.
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